El paisaje después de la batalla

Artículo publicado enb la sección 'Sopa de lletres' del número 251 de la revista CUINA (verano 2021)

Postcovid

Postcovid Mar Guixé

La lucha contra la pandemia se preveía difícil y larga, pero lo ha sido más del que nos esperábamos. Por el camino, hemos perdido muchos restaurantes, pero otros muchos han sobrevivido y, incluso,  han abierto de nuevos. Este verano es el momento de darlos todo

"Toda la ciudad salió a la calle para celebrar aquel minuto en que el tiempo del sufrimiento se acababa y el del olvido no había empezado".

¿Os suena? Hace más de un año ya recurrí a esta cita de La peste, de Albert Camus, para preguntarme si, cuando pudiéramos, volveríamos a salir sin miedo para recuperar el espacio público, reencontrar los amigos y compartir comidas.

Esta travesía ha sido todavía más larga y dura de lo que parecía. Muchos establecimientos no han podido aguantar. Echaremos de menos todos los que han cerrado, algunos los echaremos de menos mucho. Pero esta pesadilla empieza a acabarse. Y, a pesar de todo, la vida tiene que continuar. La vida tiene tanta voluntad y astucia que, por jodida que esté la cosa, siempre se abre .

Nos dio mucho miedo que nos tomaran las calles. Temíamos que los ricos aprovecharan para quedárselo todo: la distribución, los locales, las cocinas... incluso el conocimiento y el control sobre nuestros gustos y preferencias a tiempo real...

Pero muchos pequeños han sobrevivido, incluso han nacido de nuevos con talento y ganas. No solo en casa nuestra, parece que en el mundo entero la resistencia de los bares y los restaurantes independientes ha sido heroica. Y también se han dado cuenta de que los vecinos son los mejores clientes.

Valor real

A la vez, los clientes nos hemos dado cuenta del valor real que tienen. Que los necesitamos no solo porque nos sacien y nos alimenten con más o menos refinamiento. Sobre todo nos hacen falta para poder salir, para abrirnos, para movernos e ir a los lugares. Y porque son espacios de encuentro. Porque, cómo dijo el clásico, no sentamos a tabla para comer, sino para comer juntos. Porque somos animales tan sociales que incluso un acto estrictamente individual cómo el de alimentarnos no nos gusta si no es compartido.

De hecho, un estudio publicado poco antes del cierre por The Times ya demostraba que comer solo era la primera causa no patológica de infelicidad declarada. Y por eso tenemos tantas ganas de volver al bar del barrio, al restaurante del pueblo, a la fonda del lugar, a la terraza de la plaza o ante el mar para cuidar el cuerpo y el espíritu y celebrar la vida y la compañía.

Prometo que yo, este verano, lo haré saliendo y dando vueltas tanto cómo pueda para compartir comidas y vinos con familia, amigos, saludados y hasta nuevos conocimientos que me regalen enseñanzas y me hagan probar cosas nuevas o revisitar-ne de viejas.

Y brindaré por los pequeños, por las tascas y las casas de comer valientes y generosas que se alcanzan y a la vez tienen cura de todo aquello que es próximo y hacen que las calles estén vivas y el mundo sea un lugar mejor, más justo y sabroso.

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